miércoles, 22 de septiembre de 2010

Tía Maruja

     La sala de rayos del Centro Gallego de Buenos Aires, estaba atestada de gente. Todavía no entiendo, cómo, entre una multitud sentada, de pie, en silla de ruedas o enyesada, pudo divisarme mi tía Maruja. Yo esperaba en la última hilera de butacas de la gran platea de la salud, semioculta entre una mujer con dos chicos en brazos que comían pochoclo y tomaban Coca-Cola y un señor con muletas. Y además, tenía desplegado ante mi cara, un ejemplar del diario La Nación del día anterior. Sólo como escudo protector. Pero me vio. Me vio igual.
— ¡Amparito! ¡Amparo, hija!— el grito de mi tía despertó de un coma cuatro a un accidentado de terapia intensiva.
— Tía, qué sorpresa— dije lo más bajo que pude.
    Pero me escuchó, la vista y el oído eran las facultades que mejor conservaba. Me dolía el tobillo, estaba de mal humor y a punto de escuchar las grandiosas hazañas de mis primos.
— ¿Cómo estás criatura? Regordeta ¿eh? Es que tú las caderas las sacaste de tu madre, que en paz descanse.
   Por suerte tenía Rivotril sulingüal en la cartera, otro comentario como ése y le arremetía antes de que me diese un ataque de pánico. El aluvión de palabras estaba por desatarse, menos mal que me encontraba medianamente preparada.
— Hija, qué alegría verte. Yo estoy tan contenta… ¿Cómo iba a estar con los dos hijos que traje al mundo? Si no me dan más que satisfacciones.
— Hace años que no sé nada de ellos.
— Es que tú te ocupas poco de la familia ¡ay si tu madre viviera que disgustada estaría!
     ¿De qué habla esta mujer? Si después del préstamo que mi padre le hizo a Manuel, desaparecieron de la faz de la tierra. Y eso fue hace como cinco años.
— ¡Cinco años!— dijo leyéndome el pensamiento— Es que Manolito se fue a estudiar con el Francis Mallmann, para ser chef. Que viene a ser un cocinero muy fino. Pero ese hombre, el Mallman, que venido a menos que está. ¿Lo has visto en ese canal donde todos cocinan? Bueno, el pobre anda como un pordiosero, vive en una carpa, guisa el peixe que pesca. Si ni cocina tiene, hace todo en las brasas, como cuando yo me vine del pueblo. Mira si estaría pobre el otro día, que hizo un huevo frito de avestruz, uno solo. Debe tener algún pariente en el canal y de lástima le dejan hacer el programa.
  Después de cuarenta años de vivir en Argentina, seguía diciendo palabras en gallego. Y decir que Francis Mallmann parece un pordiosero, uno de los mejores chef del país. Le explico que detrás de él hay un equipo de producción como para filmar un largometraje, que hace cocina rústica, que… ¿Para qué?
— Una lástima lo de ése hombre, filla. Pero Manolito estudió con él cuando tenía la escuela de cocina. Y se recibió.
— ¿De chef?
— Claro, de qué iba a ser. Y se fue para allá, a Coruña.
— ¿Manuel vive en Galicia?
   No sabía si ya arremeter con el tranquilizante o soportar un poco más. Así que el delincuente de mi primo, con la plata que le había sacado a mi viejo, se fue a vivir a España.
— Y tú ¿cántos anos tes? Porque eras más grande que mi Carmencita. ¿Y te has casado?
— No me casé y soy un año mayor que Carmen. Un año. Y ella ¿se casó?
Filla, no me hables de esa desgracia. Te voy a contar, las ganas que tendrás de escuchar—  ganas, sí, pero de saber cómo estaba mi hijo. Cuando a la mañana lo dejé en la guardería estaba con unas líneas de fiebre, a veces me siento la peor madre del mundo.
— Se casó con uno, que no cree en Dios. Es judío. De los que mandaron a matar a Jesusito. No pasaron por la iglesia, sólo por civil y a freír espárragos. Y claro, si él es ateo.
   >>Es un hombre raro, mira, Manolito me mandó un pata negra que se te hace agua la boca y él, me lo desprecia. Dice que no come chancho. No te digo que fue una desgracia. Y a los niños, no los han bautizado. Que no se me vaya uno de ésos angelitos al cielo, porque no quiero pensar. Se me va a quedar en el limbo para toda la Eternidad.
   >>De noche no duermo pensando en eso. Por lo menos el ateo tiene un buen traballo, es médico. A mi Carmencita no le falta nada.
—Bueno, menos mal— dije mirando el reloj, tenía una hora para que me hicieran la placa y almorzar y viajar media hora en el 60, si tenía suerte arriba del estribo y llegar al trabajo y marcar tarjeta. No podía perder el presentismo, con los gastos que me da el bebé. Y tía Maruja seguía hablando, y yo, escuchando. Así, que me paré y le dije:
— Tía, estoy apurada, voy a preguntar si ya me toca el turno. Entro a trabajar a las doce.
—Siempre tan apurada tú. Como tu madre, parece que tienes hormigas en el culo. Siéntate, que te cuento de Manolito —el hijo de puta, pensé. Me volví a sentar.
— Bueno, que se fue a Coruña, con una mano atrás y otra adelante y ahora, si vieras que bien le va.
— ¿Trabaja como chef?
— Casi. Entró a un restaurante de luxo. Está en la cocina, qué suerte tuvo. Ahora lava platos, pero no vas a pensar que como aquí. Allá están muy adelantados, tienen unas mangueras, como los duchadores de mano, que sale el agua hirviendo y ni toca los platos. Esas cosas acá no se ven. Europa es Europa.
  Manolito, ahora sí que se te habrán bajado un poco los humos. Sos igualito a Francis Mallmann.
— Y si sigue así, el año que viene por ahí empieza a servir las mesas. Mira qué luxo. Pensar que acá manejaba un taxi.
— Sí, pero era de él.
— Hija, que no es lo mismo. Allá tiene futuro. Mira lo que me mandó el año pasado— dijo, mostrándome una medallita de alpaca de Santiago Apóstol, al mismo tiempo que la besaba.
— También querrás saber cómo está tu tío. Traballando, hija, como siempre.
— Con un yerno médico ¿todavía trabaja? Tiene más de ochenta ¿no?
— Hija, que el ateo es más que médico. Es de los que les venden las medicinas a los médicos.
— ¿Bioquímico?
— No, Amparo. Es que él sabe tanto, que va por los consultorios y les recomienda qué remedio tienen que dar a los pacientes.
   Visitador médico. Carmencita, al final no te vendiste al mejor postor, te quedaste a mitad de camino.
— Viaja por todo el país. Y ella lo acompaña. Entonces me deja a los críos, hasta por un mes. Yo los quiero tanto, pero mis huesos ya no son los mismos. Pero si vieras el regocijo de tu tío, es que él no le pisa la casa al ateo, entonces aprovecha para jugar con los nietitos, que son una bendición, pero ya no estamos mucho para esos trotes. Tienen dos y cuatro años, si vieras cómo pesan.
— ¿Y Carmen no los ayuda? Económicamente, digo.
— ¿Tú te piensas que el tío lo aceptaría? La pobre no se atreve, ya sabes el carácter que tiene el padre. Por suerte nunca lo intentó. Sino, seguro se armaba la de San Quintín. El tío reparte diarios y con la jubilación nos alcanza. Además, niña, ya sabes, cuando hay hambre no hay pan duro. Estamos acostumbrados, con poco nos arreglamos.
  “Lázaro”, llamó la enfermera.
— ¡Que soy yo, soy yo!—gritó mi tía—Hijita, es mi turno, para la próxima espero que estés casada, que los años pasan y ya no te cueces en el primer hervor— dijo dándome un sonoro beso en cada mejilla.
— Trataré, tía, trataré.
    La vi alejarse con su saquito raído, los zapatos con el contrafuerte doblado, a modo de chancleta, el monedero apretado debajo de la axila.
   “González”, llamó la enfermera. Nos levantamos cinco. “González Amparo”.
    Soy yo —con suerte llegaría a tiempo al trabajo, aunque no podría almorzar.
     Desde la sala contigua, pude ver, los viejos zapatos de mi tía, uno al lado del otro debajo de la camilla; arriba, la cadena con la medallita de Santiago Apóstol. Para la placa, nada de metal.
   Quise, pero no pude seguir odiándola. Seguramente la próxima vez.

                                                                                                        Adriana Lisnovsky