sábado, 7 de junio de 2008

HISPANIA EN JUNIO EN EL BORGES


PEDRO SONDERÉGUER Y SUS PISTAS

UN CAMINAR DEL MITO A LA REALIDAD


Ahora que has muerto, padre
–ahora que sólo eres recuerdo de albores desintegrados
etérea máscara del recuerdo resignado,
terrosa circunstancia primigenia,
coágulo de ceniza insomne como el mar—
Ahora, comienzo a envejecer.
CÉSAR SONDERÉGUER

por Fidel A. Leottau Beleño


1. EL MITO
Aquella tarde de finales de la década de los cincuenta, los cuatro monaguillos que colaborábamos en las actividades litúrgicas de la parroquia de Villanueva, Bolívar, esperábamos que el padre Maciá llegara de su cátedra de filosofía que dictaba en un colegio de Cartagena. Apareció como a las cinco de la tarde. Cenó con la misma parsimonia de sus misas, se levantó y nos encontró alineados en una banca de la casa cural. Él sabía que esperábamos la historia que nos iba a contar esa tarde, como ocurría siempre. Arqueó algo dramática las cejas y, de inmediato, soltó una pregunta a quemarropa.
-¿Saben quién fue Pedro Sondéreguer? -, dejó flotando la inquietud en el corredor y se dirigió al patio a cepillarse los dientes.
Cuando volvió, con los dientes limpios y un Lucky Strike encendido, debíamos tener caras de idiotas porque él sonrió casi con burla y nos dio una respuesta a medias:
-Cómo está de fregado este pueblo que los padres no les enseñan a sus hijos quiénes son los personajes ilustres que han exaltado el nombre de estas tierras-, dijo con tono de sermón el sacerdote turbaquero.
-¡Sonderéguer fue un escritor nacido aquí, en Villanueva!
Aquella fue la primera vez que escuché el nombre de Pedro Sonderéguer y me quedaron dos cosas inquietándome la memoria. Una, yo no sabía que en Villanueva había nacido un escritor, pero si lo decía el padre Maciá, un hombre de quien admirábamos su erudición, era verdad que había nacido. Además, en esa época era inconcebible que un sacerdote pudiera mentirle a cuatro inocentes monaguillos. La otra, que ese señor debía haber muerto mucho tiempo atrás porque el padre hablaba de él en tiempo pasado, igual que cuando nos hablaba de Séneca y de Sófocles. Fue más adelante, convertido en adulto, cuando comprobé que, de tales deducciones la primera era cierta y la segunda, falsa.

OTRAS NOTICIAS DEL ESCRITOR DESCONOCIDO
Volviendo a aquellos años de revelaciones, recuerdo que no pasaron muchos meses para escuchar de nuevo el nombre de Sonderéguer. Esta vez, en la escuela. El maestro de primaria más connotado que ha dado esa tierra de agricultores, Moisés Cabeza Junco, se paró con el mismo aire severo y solemne que usaba cuando se refería a cosas trascendentales, para decirnos: “Hoy hablaremos de un hijo eminente de este pueblo, un hombre que le dio lustre a la historia local y del cual todos nosotros debemos sentirnos orgullosos”, ese recurridísimo suspenso que el maestro Moisés utilizaba para ambientar sus originales sesiones parecía interminable y nosotros esperábamos el nombre con la misma inquietud con que se espera el fallo de un concurso. “Me refiero al ilustre, al benemérito, Pedro Sonderéguer”.
Sentí un extraño cosquilleo en el estómago al escuchar el sabido nombre, mientras miraba en mis amigos la misma cara embobada que nosotros debíamos tener cuando el padre Maciá nos hizo conocer la existencia de aquel escritor. En verdad, nuestro profesor no aportó ninguna información diferente a la del sacerdote. Esto me dejó una inquietud adicional: si era escritor debió haber dejado algo escrito y, por una nueva deducción, estaba convencido, ante aquellas desafortunadas evidencias que ni mi maestro espiritual, ni mi maestro intelectual, habían leído a Sonderéguer.
Después vendrían otros datos sobre el escritor. El primero lo aportaron los miembros de una familia entera, cuyo apellido coincidía con el nombre del pueblo, Villanueva. Ellos se confesaban parientes, por línea materna, de Sonderéguer. Según esto, el nombre completo del humanista era, Pedro Sonderéguer Villanueva. Los otros datos lo aportaron las tertulias entre profesionales del pueblo en las cuales se involucraba mi padre, Fidel A. Leottau Escorcia, un veterano médico que experimenta igual deleite frente al estetoscopio como ante los clásicos de la literatura. En esas reuniones el nombre del escritor era algo recurrente. Como también lo era en casa de mis abuelos, quienes juraban con la señal de la cruz que Pedro Sonderéguer había nacido en Villanueva y que ellos lo habían conocido. Esto me despejó una duda que ya empezaba a asaltarme: en el pueblo sí había existido alguien, de carne y hueso con ese nombre. Pero me quedaba otra que no lograba esclarecer aún: si de verdad ese hombre con ese nombre era escritor. Aquello no demoró en esclarecerse.
Corrían los años 64 y 65 cuando llegó la oportunidad de recibir clases de español, en Cartagena, en el colegio de La Esperanza, de manos del doctor José María Guerrero, el “Papa” Guerrero como se le conocía comúnmente. Éste era un arjonero que se fue a estudiar medicina a España y, cuando arribó a Cartagena, dejó a un lado la bata y el bisturí para dedicarse a enseñar francés y español, a ser crítico taurino y a ocupar, algunos años después, la presidencia de la Peña Taurina de la ciudad. En una de sus jornadas de clase, “El Papa” Guerrero confesó que entre las muchas obras que había leído se encontraba una de un escritor bolivarense. La obra se llamaba “Quibdó” y el autor ¡Pedro Sonderéguer! Esta nueva revelación me produjo una sensación contradictoria. Por un lado, satisfacción por despejar dudas primarias; Sonderéguer existió, nació en mi pueblo y, además, fue escritor. El profesor no nos mostró jamás la evidencia, el libro, pero ya no dudaba. Si jamás dudé, de que la monja mexicana Sor Juana Inés de la Cruz fue escritora a pesar que jamás vi ningún texto suyo, por qué habría de hacerlo entonces con Sonderéguer. De otro lado, la segunda sensación fue que, tal vez por el esclarecimiento de mis inquietudes, el tema dejó de interesarme y me olvidé de Sonderéguer por mucho tiempo. Treintiún años, para ser exacto.

2. LA REALIDAD
En el año 1995, la Facultad de Ciencias Humanas organizó el II Seminario Internacional de Estudios del Caribe. Entre las muchas personalidades del mundo intelectual que disertaron en ese entonces, llegó un gringo extrovertido y cafeinómano incorregible que había realizado una de las investigaciones más completas sobre la novela en nuestro país, la cual le sirvió de trabajo de tesis para doctorarse en Literatura Colombiana en la Universidad de Washington, Novela y poder en Colombia, 1844 a 1987. Este norteamericano, catedrático de aquella universidad, Raymond Leslie William, no tardó en hacer amistad con un joven también extrovertido e igual de cafeinómano, que iniciaba sus estudios de lingüística y literatura: Juan Carlos Urango. Como una señal de agradecimiento por la colaboración que el estudiante le prestaba en la ciudad, Williams le regaló uno de los buscados ejemplares de su bien documentada obra. Condiscípulo y amigo incondicional, Urango permitió que yo hojeara el libro primero que él. La sorpresa fue mayúscula cuando, al abrir una página al azar, tropezamos con el nombre de Pedro Sonderéguer.
En aquel momento, afloraron los recuerdos dormidos de más de tres décadas. Nuevamente tenía ante mí la posibilidad de hallarnos con la existencia de nuestro paisano escritor, y esta vez de un modo irrebatible: a través de un estudio serio y detallado del profesor estadounidense. Otro condiscípulo y paisano (y no menos amigo), Oscar Castillo, tuvo una idea magnífica: aprovechar la presencia de Williams para que nos revelara cómo hizo para acceder a las obras de Sonderéguer. “En la biblioteca Luis Ángel Arango, de Bogotá, pueden encontrar fotocopias de los textos originales argentinos que menciono en mi libro”, fue su respuesta. Oscar Castillo hizo contactos con la doctora Silvia Marín Restrepo, directora de la Biblioteca Bartolomé Calvo, de Cartagena, para que se lograra un préstamo de los textos de la Luis Ángel Arango, aprovechando que ambas bibliotecas pertenecen al Banco de la República.
La labor fue fructífera: se consiguieron las copias de siete de sus libros: La colección de cuentos Dichosos en el mal; las novelas Las fuerzas humanas, Quibdó y El miedo de amar; La obra de teatro Lo que las mujeres no saben; y el ensayo filosófico Límites y contenido de la metafísica. Tenía en mis manos la muestra emocionada e irrefutable de que aquel hombre sí era en realidad villanuevero y, además, escritor. Pero había más: era un escritor que había transitado por varios géneros literarios con gran éxito. Esto me lo indicaba el hecho de tener en nuestras manos copias de segundas y terceras ediciones de sus obras, y que éstas no se limitaban a las que encontramos en Colombia; cada ejemplar traía un catálogo de los libros escritos con anterioridad. Fue así como nos enteramos de que también había escrito Cóndor, Crítica del genio, Los fragmentarios, El pensador, Todo el amor, Cátedra de seducción y El miedo de amar. Que tenía otro ensayo filosófico en preparación, Ayacucho. Y que tenía, para la época, otros libros en prensa, Gente de medio pelo, Las fronteras del espíritu y El paraíso del diablo.
El descubrimiento de esta información, unido a mi condición de paisano y de estudiante de lingüística y literatura, me puso ante un imperativo: dar a conocer los aspectos relevantes de la obra de Sonderéguer. Y, de paso, su biografía con los datos que había logrado compilar. Así, salió publicado el primer artículo sobre Pedro Sonderéguer en el suplemento dominical de un recién desaparecido periódico cartagenero. Al mismo tiempo, nació la idea de realizar nuestra tesis de grado a partir del análisis literario de su obra. Definitivamente, y sin darme cuenta, la dimensión que había adquirido la vida de este escritor en mí era lo suficientemente grande como para no dejar nada a medias. Debía dar otros pasos para despejar nuevas dudas. Sentí que en nuestro artículo habíamos dejado cabos sueltos e, inclusive, nos asaltaba el temor que muchas de las cosas que manifestamos en forma categórica podían resultar discutibles. Al fin y al cabo, algunos de los datos fueron recogidos de fuentes orales y, como se sabe, éstas suelen estar interferidas por los delirios mitológicos y la información que falta siempre es complementada por aspectos fascinantes que, en la mayoría de los casos, son falsos. Debíamos, entonces, recoger otra serie de informaciones que nos permitieran complementar la que ya tenía, y no sabía cómo hacerlo. Sólo un golpe del azar, como ya había ocurrido anteriormente con este tema, podía esclarecernos el camino. Eso, en efecto, ocurrió de nuevo.

NOTICIAS DE ARGENTINA
A finales de marzo de 1997, un administrador de empresas y buen amigo cartagenero, Dagoberto Almeyda, fue a visitar en Buenos Aires a su hermano Rafael, un médico neurocirujano que adelantaba estudios complementarios en esa ciudad. Al enterarme del viaje, le pedimos el favor que buscara en el directorio telefónico de la capital argentina a todas las personas con apellido Sonderéguer, anotara la dirección y el teléfono, y nos trajera esos datos. A los pocos días, Dagoberto nos suministró la información: siete Sonderéguer en Buenos Aires, un número revelador y tranquilizante en una ciudad tan grande. De todos ellos, nos llamó la atención uno, que tenía el mismo nombre del escritor, Pedro Sonderéguer. Lo llamamos. Mientras identificaba nuestro nombre y el origen de nuestra llamada, él no mostró ninguna sorpresa. Pero cuando le preguntamos si conocía al escritor Pedro Sonderéguer, él no pudo reprimir una alegría que inundó nuestro oído a través del auricular: “¡Él era mi padre, mi padre!”. Había dado en el clavo. De ahí en adelante tuvimos la verdad en nuestras manos y comprobamos mi corazonada: algunos de los apuntes de nuestro sincero e inicial artículo pertenecían al mito. En la correspondencia que hemos tenido con los hijos de Sonderéguer: Pedro César y Erasmo Pedro, se despejaron muchas de las incertidumbres que nos habían agobiado. Esas revelaciones llegaron desde Buenos Aires a petición nuestra.
El primer mito que cayó fue el de su origen paterno y, por ende, de su primer apellido. La creencia general decía que su padre fue un francés que llegó a Colombia para trabajar en la construcción del canal de Panamá. Pero algo no coincidía. Pedro Sonderéguer nació el 27 de octubre de 1884 y la construcción del canal sólo fue posible a comienzos de este siglo, cuando ya Panamá se había independizado de Colombia. A esto se le sumaba que nadie daba razón del nombre del progenitor. En realidad, el padre de Sonderéguer, cuyo nombre era Conrado, fue un ingeniero suizo alemán, que llegó al caribe junto a su socio y amigo Ferdinand de Lesseps, para participar en el proyecto de construcción del canal. Lesseps era un ingeniero muy conocido, como quiera que ideó y logró la aprobación para la construcción del canal de Suez. En medio de sus borradores y planos del que sería canal de Panamá, Conrado, conoció a una joven que comerciaba en los países del Caribe, nacida en Villanueva, nuestro pequeño pueblo de la provincia de Bolívar. Ella se llamaba Cayetana Villanueva. De ese amor que traspasó las barreras lingüística y geográficas, nació Pedro, en el pueblo natal de su madre.
Sin embargo, fue poco el tiempo que vivió Pedro Sonderéguer en Villanueva. A los dieciséis años se trasladó a Estados Unidos, específicamente al estado de California para adelantar estudios de ingeniería. Pero, en otra versión de este momento de su existencia, según datos biográficos de la Eciclopedia Universal Ilustrada (1), él estudió en la Universidad de Notre Dame, de Indiana. Mas en su espíritu peregrino y humanista había una intención diferente a seguirle los pasos a su padre. Se retiró y emprendió un viaje a Costa Rica. Allí publicó su primera obra, Cóndor, en 1904, es decir, cuando sólo contaba veinte años de edad. Su paradero en los tres siguientes años es, para los hijos, una verdadera incógnita. En 1907 se radicó en Santiago de Chile, donde publicó su segundo libro Crítica del genio y, a la vez, trabajó como profesor de dibujo y de matemáticas. Pero sólo durante un año. En 1908, pasó a Buenos Aires con las ilusiones de escritor joven y con las obras de Florencio Sánchez y Rubén Darío en un lugar de su maleta. No conocía a nadie en Argentina, pero eso no lo amilanó. Quién sabe de dónde sacó la idea de escribirle a Bartolito Mitre, hijo del General Bartolomé Mitre, ex presidente de la República, fundador y director del diario La Nación, desde entonces uno de los más influyentes en América Latina. Es sorprendente que tamaña empresa periodística, conocida por su conservadurismo, haya aceptado en sus filas a un joven colombiano de 24 años que, además, no ocultaba para nada su pensamiento liberal. La vinculación laboral con La Nación sólo terminaría en 1954, cuando Sonderéguer salió jubilado.
Obviamente, su trabajo no se circunscribió a lo periodístico. Dentro de él seguía latiendo su vena literaria y filosófica. En los primeros años publica sus novelas y, después de la década de los cuarenta, su inclinación es hacia los estudios filosóficos. Su tema novelístico por excelencia fue el amor, pero no como una visión estereotipada y decadente, almibarada y melodramática, sino en una concepción más elevada y profunda: el amor como esencia del espíritu. Y en lo filosófico se preocupó por las disgregaciones metafísicas y los aspectos fenomenológicos.
No obstante, el amor además de ser el tema de sus novelas fue de su vida. En 1914, Pedro Sonderéguer se casa con una mujer muy adinerada, con la cual tuvo tres hijos: Conrado Pedro, Silvia y Elsa. En opinión de sus posteriores hijos, este matrimonio y los estragos de la Primera Guerra Mundial, impidieron que Sonderéguer cumpliera su sueño de irse para Europa y morir una tarde de primavera en Boluogne-sur-Mer. No se sabe en qué momento este matrimonio llegó a su fin, lo cierto es que Sonderéguer siguió viviendo en la casa nupcial a pesar que de la unión marital sólo quedó una feliz separación.
En 1934, el amor llegó de nuevo a su vida, esta vez entró por sus ojos, en el sentido más literal de esta expresión: lo operaron de cataratas y se enamoró de la enfermera que lo atendía, Carolina Rodríguez del Pino. El romance se inició y perduró sin casamientos, porque la legislación vigente en aquellos tiempos impedía que Sonderéguer se divorciara de su esposa. Con Carolina tuvo tres hijos: una niña que nació sin vida (1935) y los ya mencionados Pedro César (1937) y Erasmo Pedro (1939). En 1952, llegó la separación definitiva de la pareja.
Sin embargo, esto no trajo la ruptura de los vínculos paterno - filiales. Cada semana los dos hijos menores visitaban a su padre y de esas visitas quedó una fuerte influencia por lo artístico, lo literario y lo humanístico en general. Pedro César inició estudios de filosofía, historia y literatura; luego se graduó en la Escuela Nacional de Bellas Artes M. Belgrano, con inclinación por la escultura. Al tiempo estudió cine. Con Lorenzo Domínguez estudió talla de piedra y batido de metales. Hizo, también xilografía. También realizó dibujos y murales. Estudió fotografía astronómica, óptica y construcción de telescopios. Construyó un telescopio newtoniano y un estroboscopio. Estudió, asimismo, cosmogonía y astronomía descriptiva. Tantas actividades polifacéticas, se complementan con sus tres matrimonios: con la bailarina Susana Maturi, con la escultora Marta Acal y con la doctora en química y fotógrafa Marta Melgarejo, con quien vive actualmente y ha recorrido parte de Europa y América, realizando documentales, haciendo exposiciones y dictando conferencias. En 1966, y para no dejar ningún campo del arte sin explorar, escribió un libro de poesía Mi ansia y yo, del cual extractamos el fragmento que sirve de epígrafe a este artículo y que es una elegía al padre.
Por su parte, Erasmo Pedro se dedicó a la literatura. En 1994 la Editorial Argenta Salep S.A. de Buenos Aires publicó su primera novela Regresa para regresar, la cual es una obra que combina la magia narrativa y una profunda fuerza visceral que le ha representado una crítica favorable en el sur del Continente y del cual me envió un ejemplar autobiografiado.
Son, precisamente, Pedro César (quien suele firmar solamente como César) y Erasmo quienes me han detallado los aspectos más importantes de la vida del escritor. A través del internet y el correo ordinario hemos sostenido constantes intercambios de opiniones y de libros. Ellos no tenían los que yo poseía y yo no contaba con los ejemplares que ellos atesoraban, entre esos llegaron a mi biblioteca: Los fragmentarios y El pensador, primer y segundo libro publicados en Buenos Aires, en 1909 y 1915, respectivamente. Fueron ellos quienes nos informaron que, además de todos los libros que ya he mencionado, publicó otros con carácter filosófico: El enigma de la realidad y Realidad inteligible y realidad pura. De igual modo, son ellos quienes le atribuyen un espíritu panamericanista, universal y demócrata. Admirador de Bolívar y de San Martín. Lo definen como un hombre de profundas concepciones éticas, empeñado en su trabajo y preocupado por desenterrar los misterios de la vida. Hombre de pocos amigos que vivió solo y peregrino. Que se entristeció cuando en 1936 regresó a Colombia e intentó dedicarse a la política en representación del partido liberal, pero al poco tiempo tuvo que abandonar el país porque lo amenazaron de muerte. En fin, un hombre que a pesar de deambular todo América, desde el norte hasta el sur, podía calificarse como un mal latinoamericano, cuyo sueño frustrado fue vivir a las orillas del Loira.
Este Pedro Sonderéguer de la realidad murió el 7 de octubre de 1964. Es decir, que en 1959, cuando el padre Maciá nos habló por primera vez de este escritor y supusimos que estaba muerto, todavía le quedaban cinco años de vida. Su cuerpo fue sepultado en el famoso cementerio de La Recoleta, donde yacen los grandes personajes de Argentina. El 4 de mayo de 1981 sus despojos mortales fueron exhumados y, posteriormente, cremados.
Esta es, pues, nuestra versión revisada y corregida de la vida y obra de Pedro Sonderéguer Villanueva. El mito y la realidad. Un mito que se inició en una casa de bahareque de Villanueva, que servía como sede cural y cuya realidad comenzó a develarse por una situación similar a la que trajo el progreso ( y la consecuente destrucción) de Macondo: porque a alguien se le ocurrió invitarle a un banano a cierto gringo. Lo que se destruyó esta vez no fue un pueblo sino un mito y a lo que se invitó no fue a un banano sino a un tinto, el tinto que mi amigo le brindó a Raymond Williams, el gringo que nos trajo las irrefutables pistas para recomenzar ese definitivo camino empezado en infancia.
(1) Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo Americana, tomo LVII, pag. 389. Editorial Espasa - Calpe, Madrid - Barcelona (España), 1927.

El Universal, 07/06/1998


Fidel Alejandro Leottau Beleño, nació en la ciudad de Cartagena de Indias, Colombia. A los tres años sus padres se lo llevaron para Villanueva, Departamento de Bolívar, la tierra de la familia paterna.
Su infancia y parte de su juventud, transcurrió en su añorado pueblo al lado de sus abuelos Claudio y Arcadia, al punto que es más conocido como villanuevero. Allí inició los estudios hasta culminar la primaria, luego pasó al Colegio de La Esperanza, en Cartagena, de donde egresó como bachiller en 1965. Muchos años después, en 1998 graduó como Profesional en Lingüística y Literatura de la Universidad de Cartagena.
Trabajó durante treinta y siete años en la Zona Industrial de Mamonal. Sin embargo, nunca perdió contacto con los libros ni con la consagración a los estudios humanísticos. A comienzo de los noventa, realizó los ciclos de formación humanística en la facultad de Ciencias Humanas de la Universidad de Cartagena.
Se ha desempeñado como investigador cultural, en donde ha indagado y publicado acerca de la vida y obra del escritor colombiano (villanuevero como él) Pedro Sonderéguer, quien desempeñó su labor literaria y periodística en Argentina. El Secretario de Educación y Cultura del Departamento de Bolívar, Jabid Benavides Aguas, le concedió en el 2006 una placa por contribuir al rescate de la memoria cultural de la provincia.
Textos suyos han sido publicados en los magacines de los diarios El Universal y El Periódico de Cartagena. Ha participado de igual manera, como ponente en conferencias y encuentros culturales. Su primera obra, Apodología de mi pueblo, en la que exalta la picaresca de sus paisanos para renominar a las personas, se publicó en 1995.
También se ha desempeñado con algún éxito como compositor vallenato. Por ello, una de sus canciones, Mi corralito, fue antalogada en el libro Cancionero, de Carmencita Delgado de Rizo. Así mismo, por esta canción obtuvo una distinción del alcalde de Cartagena, Nicolás Curi Vergara, en 1992.
A finales de 2007 publicó, Villanueva mía, Cartagena de nosotros, una obra que recoge una serie de crónicas y reportajes acerca de los personajes y situaciones que lo han marcado en su deambular en sus dos espacios vitales: Villanueva y Cartagena. Un texto íntimo, construido con una prosa fluida, una alta sensibilidad y buen sentido del humor. Características que, más que al libro, se le pueden atribuir a su autor.

(gentileza de Erasmo Sonderéguer)

domingo, 1 de junio de 2008

Concierto Andaluz en el Larreta

 


Voluntarios de Argentina: en la guerra civil española

Lucas González - Jerónimo Boragina - Gustavo Dorado - Ernesto Sommaro

Centro Cultural de la Cooperación, Buenos Aires, 2008, 227 páginas

Partiendo de la concepción de la Historia desde Abajo los autores se internan en el estudio de uno de los episodios más importantes del siglo pasado, como es la Guerra Civil Española, un verdadero preludio de la Segunda Guerra Mundial.

Uno de los objetivos que se proponen es el rescate de los numerosos voluntarios que quedaron ausentes de las historias oficiales de unas u otras tendencias. Por eso el planteo parte de recuperar una historia del pueblo desde el pueblo, tomando en cuenta como una cuestión no menor lo que los protagonistas que quedaron anónimos pensaron y piensan sobre los procesos en que se involucraron.

Creemos que esta publicación concreta grandes aportes al estudio de la historia, reforzando la nueva corriente historiográfica de la historia desde abajo, sumando materiales hasta ahora inéditos.

La forma libro se suma a la que los mismos autores ya habían iniciado con el documental Esos mismos hombres - Voluntarios argentinos en la Guerra Civil Española, realizado en el 2006.